Peces
¿Señor o señora?¿O los dos a la vez?¿O a veces él es ella, y a veces ella es él? En las profundidades de la mar, nunca se sabe.
Los meros, y otros peces, son virtuosos en el arte de cambiar de sexo sin cirugía. Las hembras se vuelven machos y los machos se convierten en hembras con asombrosa facilidad; y nadie es objeto de burla ni acusado de traición a la naturaleza o a la ley de dios. (*)
Al encontrame este texto (el me encontró, lo juro) , vino a mi cabeza un gran amigo… En realidad, vinieron dos.
El el siguiente segundo, mi pez del cuadro se ahogaba en gritos que llamaron mi atención. Fue en ese instante que mi cabeza voló lejos e imaginé al ser humano (si, con minúscula) como si fuera una pintura… El horror hubiese sido encantador en comparación a las imágenes que ante mi se revelaron. Pues nunca había pensado en el violeta criticado por chillón, el celeste por suave, el negro… por miedo. Y el rosa… si, eso que pensaste primero.
Pensé luego en el artista, Dios tal vez (es mi humilde y respetuosa creencia, cualquier otro nombre es aplicable), y recordé las palabras de un señor con una túnica, creo que se le dice sotana, y es negra (si…negra!), que decían que éramos la obra mas hermosa del Señor. Desde mi modo de verlo, solo somos un triste borrador, con grandes posibilidades de ser maravillosa obra (claro que si), pero no depende del pintor. No a esta altura. No cuando al taparse los colores crean una pintura infernal (de infierno) y me hacen volver otra vez al mundo real, y sentir que nunca volé de él.
Vuelvo a acampar en la mente, un segundo solamente, hago escala en el cuadro y pienso… Pienso que si el amarillo no es libre, nunca habrá sol en nuestro cuadro.
La verdad, nunca supe del pasto rechazando al sol por usar brillos. Pero si se que toma su luz, su calor , su amor, lo abraza, y crece a cada segundo.
Por ultimo, comparto con todo amable lector este escrito que regalo a mi amigazo.
Lo siguiente, espero que deje secuela, en mi lo hizo…
Moral y buenas costumbres
La encerraron en una habitación, atada a la cama.
Cada día entraba un hombre, siempre el mismo.
Al cabo de algunos meses, la prisionera quedó embarazada.
Entonces la obligaron a casarse con él.
Los carceleros no eran policías, ni soldados. Eran el padre y la madre de
Esta muchacha, casi niña, que había sido descubierta cuando se estaba besando y acariciando con una compañera de estudios.
En Zimbawe, a fines de 1994, Bev Clark escuchó su relato.
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(*)EDUARDO GALEANO _ Bocas del tiempo_ 2007
